por Ramón Ortiz, jefe del Departamento de Desarollo Pedagógico del Centro de Innovación Curricular y Pedagógica de la USS
Al respecto existen muchas recomendaciones, sin embargo, lo más importante es tener la voluntad de trabajo y mantener el sentido común para llevarlo a cabo.
Estudiar, como muchas otras actividades, constituye un hábito y en la formación de todo hábito se pueden observar dos fases claramente diferenciadas:
Fase 1. La primera es la fase de incorporación, en este periodo se debe estar muy atento a los procedimientos de formación del hábito, por lo que es necesario considerar los detalles organizativos, lo que implica respeto y cuidado con lo que se ha decidido: tener en cuenta propósito o meta a lograr, definición de tiempo con el que se cuenta, definición de las actividad a realizar, elección de horario, elección de lugar, materiales con lo que se trabajará, etc.
En esta fase es necesario evaluar permanentemente cómo se está realizando el proceso, para mejorarlo y adaptarlo a lo que se espera lograr. Por ejemplo: revisar si se está respetando el horario, si se cumple con las tareas propuestas, si se usa el lugar seleccionado, si se tiene los materiales con los que se va a trabajar, etc.
Fase 2. La segunda fase es la de consolidación del hábito, aquí la actividad se realiza en forma natural, ya no siente como un esfuerzo, sino como algo que es parte de la “rutina”, entonces la atención se pone en los resultados obtenidos. La pregunta es: están siendo satisfactorios? Si no es así, qué se puede mejorar?
Por ejemplo: revisar si el horario elegido es el más conveniente, si la distribución de la tarea es la más apropiada, si las estrategias de estudio son las más efectivas, etc.





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